En el género
epistolar se cristalizan las preocupaciones de todas estas personas, la mayor
parte del tiempo miembros de la aristocracia de antiguo régimen, que asisten al
lento declive de la monarquía, del antiguo mundo y a la emergencia de
nuevas estructuras sociales. Las cartas de Madame du Deffand están llenas de
escepticismo frente a la vida, frente al entusiasmo científico de los
enciclopedistas, frente al amor. Libertina en su infancia, pasa su juventud en
el entorno del regente Philippe de Orléans y goza de su desenfado. Piadosa,
ciega y ultraconservadora en su vejez. Incapaz de creer en las certezas del
espíritu materialista, Madame du Deffand expresa con brío la sensación de la
nada. Imbuida de negro se obsesiona con Horace Walpole – el creador de la
novela negra. La mujer de mejor gusto de su época, la más adiestrada de las
fieras en el arte de agradar se hunde en la fascinación del joven que lanzaría
el género literario de peor gusto en la historia literaria del siglo dieciocho.
Aquí propongo la traducción de una de sus cartas más llenas de desencanto. Un
eco de su famosa sentencia: "No encuentro en mí más que la nada".
Paris, sábado 23 de mayo de 1767
¿Usted piensa que yo quiero vivir ochenta
años? Por Dios ¡Que maldita esperanza! ¿Acaso ignora que detesto la vida, que
me deprime haber vivido tanto, y que nada me consuela del hecho de haber
nacido? No estoy hecha para este mundo, no sé si exista otro, y en dado caso en
que éste exista, sin importar cómo pueda ser, me produce pavor ya que no se
puede estar en paz ni con los otros, ni consigo mismo. Siempre nos disgustamos
con todo el mundo, con unos, porque creen que no los estimamos ni los apreciamos
demasiado, con los otros por todo lo contrario. Habría que forjarse
sentimientos al antojo de cada quien, o al menos fingirlos, y yo soy incapaz de
hacerlo. La simpleza y lo natural son adulados, pero se detestan a quienes son
sencillos y espontáneos; aún sabiendo todo esto tenemos temor de la
muerte, pero ¿por qué le tememos? No es solamente por la incertidumbre del
porvenir sino más bien por la gran repulsión que nos causa nuestra destrucción,
y que nuestra razón no logra vencer. Ah ¡ La razón ! ¡ La
razón ! ¿Qué es la razón? ¿Cual es su poder? ¿Cuándo nos
habla? ¿Cuándo podemos escucharle? ¿Que bien nos procura? Que triunfe
sobre las pasiones no es cierto, e incluso si lograse detener los movimientos
de nuestra alma estaría cien veces más en contra de nuestro bienestar que las
mismas pasiones pues esto querría decir que hay que vivir para sentir la nada,
y la nada (a la que le doy particular importancia) no está bien sino cuando no
se siente. Le pido perdón por esta metafísica de cuatro pesos, usted está en
todo su derecho de responderme ¡Conténtese con aburrirse y absténgase de
aburrir a los otros! Tiene razón, cambiemos de conversación.
Detalle del retablo de Issenheim |
Usted me alertó sobre la enfermedad de su amiga sorda; pero yo no sé en que
consiste el mal de San Antonio. He preguntado (pero no a un médico) y me han
dicho que es una forma de peste; si esto es verdad debe ser contagioso, me
alegra saber que se haya curado. Yo también estoy curada, a pesar de que aún
tengo insomnio y algunos vapores, ya me acostumbré a ello.
Anteayer recibí una carta de Voltaire, me encantaría que usted la leyese, es
mucho mejor que su poema de Ginebra, pero me contentaré con transcribirle un
fragmento. Hace el elogio de la zarina : « Soy su caballero en contra de todos.
Sé muy bien que se le reprochan algunas bagatelas con respecto a su marido pero
esos son asuntos de familia en los que no me entrometo; y entre otras
cosas, no está mal que se haya hecho de esto un error por reparar, pues
obliga a hacer un gran esfuerzo para imponer estima y admiración al público».
Adujnta a su carta un pequeño impreso sobre los panegíricos lleno de elogios
esta Catalina.
Jean-Jacques es un gran loco ya que logra causarle remordimientos a usted lo
cual entiendo fácilmente. Hay que evitar hacerle mal a cualquier persona y
sobre todo a aquellos que nos estiman y nos aman. No sé lo que es mi famosa
réplica, y que yo sepa nunca he dicho otra aparte de aquella sobre
Saint-Denis